(Por la Dra. Sonia Tejada Solís, neurocirujana)
Hay pacientes que llegan a consulta con una idea muy clara: “Mi migraña aparece cuando quiere”. Y, sin embargo, cuando empezamos a ordenar la historia, casi siempre encontramos un patrón. No siempre es evidente al principio. A veces no hay un único desencadenante. No es solo la luz, ni solo una comida, ni solo haber dormido mal. La migraña suele comportarse como una suma de factores que van bajando el umbral del cerebro hasta que, en un momento determinado, el sistema se activa.
La migraña no es un dolor de cabeza intenso sin más. Es una enfermedad neurológica en la que el cerebro responde de forma más sensible a determinados cambios: hormonales, factores ambientales, metabólicos y de ritmo de vida. Por eso muchas mujeres notan que sus crisis empeoran en etapas como la perimenopausia o la menopausia, cuando el cuerpo deja de funcionar con la previsibilidad de antes.
Y aquí es donde la luz, las comidas y el sueño tienen mucho más peso del que crees.
La migraña no empieza siempre cuando duele
Uno de los errores más frecuentes es pensar que la migraña comienza en el momento en que aparece el dolor. En realidad, muchas crisis empiezan horas antes.
Algunas mujeres notan cansancio, bostezos, irritabilidad, dificultad para concentrarse, antojos, rigidez cervical o sensibilidad a la luz antes de que llegue el dolor. Eso no es casualidad. Es el cerebro entrando en una fase de inestabilidad.
Por eso, cuando una paciente me dice “me dio migraña por el chocolate”, siempre intento reconstruir qué ocurrió antes. ¿Había dormido poco? ¿Había pasado muchas horas sin comer? ¿Estaba cerca de la regla? ¿Había tenido una semana de más estrés? ¿Había aumentado el tiempo frente a pantallas?
En migraña, el contexto importa.
La luz: un estímulo que el cerebro migrañoso procesa distinto
La sensibilidad a la luz es uno de los síntomas más característicos de la migraña. Muchas pacientes me dicen que no soportan la claridad, que las pantallas les molestan, que la luz blanca de una oficina les resulta agresiva o que conducir con sol les precipita una crisis.
Esto no ocurre porque “la vista esté mal”, necesariamente. Ocurre porque las vías visuales y las zonas cerebrales que procesan el dolor están conectadas. En una persona con migraña, determinados estímulos luminosos pueden amplificar la sensación de malestar y facilitar que la crisis avance.
No se trata de vivir en penumbra. De hecho, evitar siempre la luz puede aumentar la sensibilidad. El objetivo es aprender a graduarla.
En la práctica, suelo recomendar revisar el tipo de iluminación en casa y en el trabajo, evitar pantallas brillantes por la noche, hacer pausas visuales, reducir contrastes bruscos de luz y observar si determinados entornos —supermercados, fluorescentes, conducción nocturna, pantallas— se repiten antes de las crisis.
La luz no siempre es la causa. A veces es una señal de que el cerebro ya estaba entrando en migraña.
Comidas y ayuno: el cerebro necesita estabilidad
En alimentación y migraña se ha hablado mucho de listas de alimentos prohibidos: queso curado, chocolate, vino, embutidos, cafeína. Y es cierto que en algunas personas pueden actuar como desencadenantes. Pero en consulta veo con frecuencia algo más importante: la irregularidad.
Saltarse el desayuno, comer tarde, pasar muchas horas sin ingerir nada,beber poca agua o tomar café como sustituto de una comida puede favorecer una crisis en mujeres predispuestas.
El ayuno intermitente puede ayudar a combatir situaciones de inflamación crónica y con ello algunos tipos de migraña, pero a corto plazo y para algunos pacientes, el ayuno puede contribuir a empeorar la migraña por lo que se debe evitar.
El cerebro consume mucha energía y no lleva bien las oscilaciones bruscas. Si además añadimos cambios hormonales, peor descanso o estrés mantenido, el margen de tolerancia se reduce.
Esto es especialmente relevante en perimenopausia y menopausia. En esta etapa pueden cambiar el apetito, el sueño, la composición corporal, la tolerancia al alcohol y la respuesta a la cafeína. Lo que antes no producía síntomas, ahora puede hacerlo.
Mi consejo no es eliminar alimentos sin criterio. Es identificar patrones. A veces el problema no es el chocolate, sino haber llegado a las cinco de la tardesinuna correcta hidratación.No es el café, sino tomar tres cafés porque se ha dormido mal. No es una cena concreta, sino una semana entera de desorden.
Sueño y migraña: una relación de ida y vuelta
El sueño es uno de los grandes reguladores del sistema nervioso. Cuando el sueño se altera, la migraña suele notarlo.
Dormir poco puede desencadenar una crisis. Dormir más de lo habitual también. Cambiar horarios, acostarse tarde, despertarse varias veces o levantarse con sensación de sueño no reparador puede aumentar la frecuencia de las migrañas.
En mujeres en perimenopausia y menopausia, este punto es fundamental. Los despertares nocturnos, los sofocos, la ansiedad, el insomnio o incluso problemas como la apnea del sueño pueden actuar como factores mantenedores. Muchas pacientes consultan porque “la migraña ha cambiado”, pero al analizarlo vemos que también ha cambiado su forma de dormir.
Por eso, en una valoración neurológica no basta con preguntar cuántos días duele la cabeza. Hay que preguntar cómo son las noches.
Hormonas: el factor que muchas veces ordena el mapa
La migraña es mucho más frecuente en mujeres, y las hormonas tienen un papel relevante. Las fluctuaciones de estrógenos pueden influir en la aparición de crisis, especialmente en la migraña menstrual y en la perimenopausia.
Algunas mujeres empeoran antes de la regla. Otras empiezan a tener crisismás largas o más imprevisiblesa partir de los 40. Otras notan más sensibilidad a la luz, más náuseas, más cansancio o más niebla mental.
No significa que todo sea “hormonal”, pero sí que las hormonas pueden modificar el umbral de activación de la migraña. Y eso obliga a mirar el caso de forma completa: frecuencia de crisis, tipo de dolor, aura, sueño, medicación, tensión arterial, hábitos, etapa hormonal y antecedentes personales.
Lo que conviene observar antes de medicar más
Una herramienta sencilla, y muy útil, es el diario de migraña. Durante unas semanas conviene anotary traer a consulta:
- Días de dolor.
- Intensidad y duración.
- Sueño de la noche anterior.
- Horarios de comidas.
- Menstruación o síntomas hormonales.
- Exposición a luz intensa o pantallas.
- Estrés.
- Medicación utilizada.
Esto permite distinguir una migraña ocasional de una migraña que necesita tratamiento preventivo. También ayuda a detectar si se están tomando analgésicos con demasiada frecuencia, algo que puede empeorar el problema a medio plazo.
Regularidad no significa rigidez
En muchas mujeres, pequeñas medidas sostenidas tienen más impacto que grandes cambios imposibles: horarios de sueño más constantes, comidas regulares, buena hidratación, manejo de pantallas, revisión de desencadenantes reales y tratamiento médico cuando corresponde.
Si las crisis son frecuentes, si han cambiado en la perimenopausia o menopausia, si cada vez necesitas más medicación o si la migraña condiciona tu vida, merece la pena valorarlo en consulta.Y es aquí donde hablaremos de cómo abordarlo.