(Por el Dr. Asier Bombín, médico sexólogo y terapeuta de pareja)
El placer no desaparece: cambia de idioma
Hay una frase que escucho muchísimo en consulta: “Antes no era así”.
A veces me lo dice una mujer de 38 años después de ser madre. O una mujer de 47 que siente que su deseo aparece y desaparece sin avisar. O una de 58 que siente que su cuerpo ya no responde igual, aunque mentalmente siga teniendo ganas de disfrutar.
Y casi siempre pienso lo mismo: tu placer no ha desaparecido. Lo que pasa es que ahora tu cuerpo funciona de otra manera y nadie te había explicado cómo escucharlo.
Porque durante muchísimo tiempo la sexualidad se ha explicado desde una mirada profundamente masculina. El modelo de deseo que se nos ha vendido como “normal” suele ser rápido, espontáneo, constante y muy centrado en el rendimiento. Se hablaba de penetración, erección, orgasmo… pero mucho menos de contexto, seguridad, cansancio, dolor, miedo o carga mental. Mucho menos de la diversidad con la que muchas mujeres viven el deseo y el placer.
A muchas mujeres se les ha enseñado antes a responder a las expectativas sexuales ajenas que a explorar qué desean realmente ellas.
Y eso pesa muchísimo más de lo que parece.
Tu cuerpo no es el mismo cada década, y tu deseo tampoco
El cuerpo cambia… y eso incluye la sexualidad.
El deseo también está atravesado por cambios biológicos y hormonales que durante mucho tiempo se han minimizado o tratado como algo secundario.
El ciclo menstrual, el posparto, la lactancia o la menopausia pueden cambiar la lubricación, la sensibilidad, la energía, el sueño y la manera en la que una mujer se conecta con el placer.
Y sí: los cambios hormonales importan.
Durante la menopausia, por ejemplo, es muy frecuente que aparezcan sequedad vaginal, molestias, irritación o dolor durante las relaciones. Muchas mujeres lo viven en silencio porque creen que “es lo normal” o que “ya toca resignarse”.
Y no.
No es simplemente hacerse mayor. Hay una base biológica real detrás de esos síntomas y existen tratamientos que pueden mejorar muchísimo la calidad de vida.
El deseo no siempre aparece antes: a veces llega después
Una de las cosas más importantes que intento explicar en consulta es que el deseo no siempre aparece de forma espontánea. Nos han vendido una idea muy concreta de sexualidad: primero aparecen las ganas y después el encuentro sexual. Pero en muchas mujeres el deseo no funciona de forma tan lineal ni tan inmediata.
A veces el interés o la excitación aparecen durante el encuentro, cuando una mujer ya se siente cómoda, conectada, tranquila y libre de presión. Eso no significa tener relaciones “sin ganas” ni forzarse a responder al deseo de otra persona. Significa entender que el deseo muchas veces necesita contexto, tiempo y seguridad para aparecer. Y eso solo puede surgir desde la libertad, nunca desde la obligación o la presión.
No todas las mujeres viven el deseo igual, ni todos los hombres lo viven desde la espontaneidad permanente que tantas veces se da por hecha. Pero sí es importante cuestionar un modelo sexual que durante mucho tiempo ha tratado como “anormal” cualquier manera de desear que no encajara en ese esquema rápido, directo y siempre disponible.
Y esto cambia muchísimo la manera de vivir la sexualidad en pareja. Porque muchas parejas siguen esperando que el deseo funcione como hace diez años, y cuando eso no pasa aparecen la frustración, la culpa o el miedo a que “la relación se esté apagando”.
Pero muchas veces no hay falta de amor. Lo que hay es un cuerpo diferente y unas necesidades distintas.
Cuando el placer duele, el deseo se protege
Esto lo veo constantemente en consulta de sexología y terapia de pareja: mujeres convencidas de que han perdido el deseo cuando, en realidad, lo que ha ocurrido es que su cuerpo ha aprendido a asociar el sexo con malestar o dolor.
Y el cerebro aprende rápido.
Si cada encuentro sexual implica sequedad, tensión, escozor o incomodidad, el cuerpo empieza a anticiparlo. Empieza a protegerse. Empieza a evitar.
Eso no significa necesariamente ausencia de deseo ni falta de amor. Muchas veces significa simplemente que el cuerpo necesita dejar de sufrir.
La buena noticia es que hay muchas herramientas para abordarlo: lubricantes adecuados, hidratantes vaginales, tratamiento hormonal local cuando está indicado, rehabilitación de suelo pélvico, terapia sexual o trabajo de pareja.
El problema no suele ser la falta de soluciones.
El problema es la cantidad de mujeres que tardan años en pedir ayuda porque durante mucho tiempo se les ha enseñado a normalizar el malestar y a quitar importancia a su propio placer.
La sexualidad de pareja empieza mucho antes de la cama
Como terapeuta de pareja, hay algo que tengo clarísimo: la sexualidad nunca ocurre solo en la cama.
Entra en la habitación todo lo que pasó antes durante el día.
El cansancio.
La carga mental.
La sensación de sostener emocionalmente la relación y el cuidado cotidiano casi en solitario.
Los reproches no hablados.
La presión por “cumplir”.
El miedo a decepcionar.
La sensación de no sentirse mirada.
Muchas parejas intentan recuperar su sexualidad empezando directamente por el objetivo final: “tenemos que volver a tener más relaciones”.
Y a veces no se empieza por ahí.
A veces hay que volver primero a la intimidad.
A tocarse sin presión.
A sentirse cómodos otra vez.
A entender que quizá ahora hacen falta otros ritmos, otras formas de excitación y otras maneras de encontrarse.
Porque el placer femenino no suele responder bien a la exigencia ni a la prisa. Responde mucho mejor a la curiosidad, la calma y la sensación de poder habitar el propio cuerpo sin miedo, presión ni expectativas constantes.
Lo que nunca te contaron
Nunca te contaron que gran parte de lo que aprendimos sobre sexualidad estaba pensado alrededor del placer masculino.
Nunca te contaron que muchas mujeres han aprendido antes a ser deseadas que a preguntarse qué desean ellas.
Nunca te contaron que el deseo femenino no tiene por qué ser constante, inmediato ni disponible todo el tiempo para ser válido.
Nunca te contaron que el cuerpo de una mujer cambia con las hormonas, la maternidad, el estrés o la menopausia, pero que eso no convierte su sexualidad en menos importante.
Nunca te contaron que el dolor en las relaciones sexuales no es algo que haya que aguantar “porque es normal”.
Nunca te contaron que demasiadas mujeres han pasado años teniendo sexo desde la obligación, la complacencia o el miedo a decepcionar, en lugar de desde el deseo y el disfrute.
Nunca te contaron que el orgasmo femenino no es un premio final ni una demostración de éxito para otra persona.
Nunca te contaron que pedir espacio, tiempo, lubricación, otra forma de tocar o simplemente decir “hoy no” también forma parte de una sexualidad sana.
Y quizá tampoco te contaron algo importante: