HEADER_JOURNAL_CLINIC.png
MEDICINA ESTÉTICA

Ecografía facial


Qué revela tu piel a partir de los 40

(Por Dra. María Eugenia Rivera, médico especialista en medicina estética)

La piel puede mostrar una cosa en el espejo y contar otra muy diferente bajo la superficie. Un surco más marcado, una mejilla que parece haber perdido volumen o una zona que comienza a descolgarse pueden tener orígenes distintos, aunque visualmente se parezcan.

Por eso, hoy en día no se entiende la valoración facial como un ejercicio basado únicamente en observar, tocar la piel y hacer fotografías. Como médico especialista en Rehabilitación la ecografía ha cambiado mi forma de tratar e inclusive de entender las lesiones, por lo que al escuchar a compañeras que se dedican a la ecografía facial de alta resolución no dude en incluir está valoración dentro de mi arma terapéutica en estética, ya que nos permite añadir una información esencial: qué está ocurriendo realmente en los diferentes planos del rostro antes de decidir qué tratamiento estético realizar.

La estética también necesita diagnóstico


La ecografía facial es una prueba de imagen no invasiva que utiliza ondas de ultrasonido para estudiar los tejidos en tiempo real. No emplea radiación y se realiza deslizando una pequeña sonda sobre la piel, normalmente con ayuda de un gel conductor.

Dependiendo del equipo y de la frecuencia utilizada, permite observar estructuras superficiales y profundas como:

  • La dermis y el tejido subcutáneo.
  • Los distintos compartimentos grasos.
  • Fascias y músculos faciales.
  • Vasos sanguíneos mediante el modo Doppler.
  • Rellenos inyectados anteriormente.
  • Nódulos, fibrosis, inflamación u otras alteraciones de los tejidos.

La ecografía dermatológica y estética requiere sondas de alta frecuencia y, sobre todo, una formación específica para interpretar correctamente las imágenes. No se trata simplemente de disponer de un ecógrafo, sino de conocer con precisión la anatomía facial y su representación ecográfica.

El rostro no envejece únicamente porque la piel produzca menos colágeno. Los cambios se producen simultáneamente en varias capas: piel, grasa, ligamentos, músculos e incluso estructura ósea. Además, no todas las zonas evolucionan de la misma manera ni al mismo ritmo.

A partir de los 40 pueden hacerse más visibles la pérdida de elasticidad, la deshidratación, la modificación de los volúmenes faciales y el desplazamiento de algunos tejidos. La exposición solar acumulada, la genética, el tabaco, las variaciones de peso, el estrés y los cambios hormonales también influyen.

Durante la transición hacia la menopausia, la disminución de estrógenos puede contribuir a una menor producción de colágeno, pérdida de hidratación y cambios en la elasticidad cutánea. Sin embargo, no todo lo que ocurre en la piel a esta edad tiene una única causa hormonal, por lo que la valoración debe ser siempre global.

Precisamente la inclusión de la ecografía durante la valoración médica puede responder a muchas preguntas y transformar muchas suposiciones en información anatómica. Antes de infiltrar o indicar una tecnología, puede ayudarnos a responder preguntas muy concretas:

¿Existe realmente una pérdida de volumen?

Una sombra o un pliegue no siempre significan que falte producto. También pueden deberse al desplazamiento de los tejidos, a cambios ligamentarios o a una distribución diferente de la grasa facial.

¿En qué plano debería realizarse el tratamiento?

La profundidad importa. Un mismo producto puede comportarse de forma distinta dependiendo de si se deposita en un plano superficial, subcutáneo o próximo al hueso.

¿Dónde se encuentran los vasos sanguíneos?

El modo Doppler permite estudiar el recorrido vascular de la zona. La anatomía tiene patrones conocidos, pero también presenta variaciones individuales.

¿Queda material de tratamientos anteriores?

Actualmente ya sabemos que los rellenos pueden permanecer en los tejidos más tiempo del que la paciente recuerda o espera. La ecografía ayuda a localizar su profundidad, distribución y relación con las estructuras cercanas.

Imaginemos a cuatro mujeres con un pliegue nasolabial aparentemente similar. En una puede predominar el deterioro de la calidad cutánea; en otra, la pérdida de soporte en la zona malar; en una tercera, el descenso de determinados tejidos; y en la cuarta puede existir ácido hialurónico de un tratamiento previo.

Tratarlas a todas añadiendo más volumen sería simplificar demasiado el problema.

La ecografía no decide por sí sola el tratamiento, pero ayuda a seleccionar mejor entre diferentes posibilidades: cuidado médico de la piel, peelings, láseres, tecnologías basadas en energía, bioestimulación, ácido hialurónico o, cuando está indicado, valoración quirúrgica.

La pregunta deja de ser “¿qué producto ponemos?” para convertirse en “¿qué estructura necesita realmente ser tratada?”.

El historial estético que la piel no siempre cuenta


Cada vez valoro a más pacientes que se han realizado infiltraciones años atrás y no recuerdan qué producto recibieron, en qué cantidad o en qué plano se depositó. En estos casos, tratar sin estudiar previamente el tejido puede conducir a acumulaciones, irregularidades o resultados poco naturales.

La ecografía puede detectar depósitos antiguos, ayudar a evaluar nódulos y orientar determinados procedimientos, como la administración ecoguiada de hialuronidasa cuando existe ácido hialurónico y su uso está médicamente indicado.

No obstante, también tiene límites: no todos los materiales presentan la misma imagen y no siempre es posible identificar su composición exacta. La experiencia del profesional continúa siendo imprescindible, pero aun así contamos con expertos ecografistas faciales que cuando en consulta no tenemos claro lo que sucede o existe un relleno que no sabemos identificar, recurrimos a ellos para resolver la duda.

Pero la ecografía no convierte una infiltración en un procedimiento exento de riesgos. Debe acompañarse de un conocimiento profundo de la anatomía, una técnica correcta, una indicación prudente y protocolos claros para actuar ante posibles complicaciones.

En mi práctica, una valoración rigurosa sigue cuatro pasos:

  1. Escuchar: conocer qué preocupa a la paciente, sus antecedentes médicos y los tratamientos que se ha realizado.
  2. Explorar: analizar la piel, la gesticulación, los volúmenes y las proporciones del rostro.
  3. Mirar por dentro: utilizar la ecografía facial cuando puede aportar información relevante.
  4. Priorizar: diseñar un plan progresivo, evitando tratar demasiadas zonas o añadir producto sin una indicación clara.

En ocasiones, la ecografía confirma el tratamiento que habíamos considerado. En otras, lo modifica por completo. Y también puede llevarnos a decidir que lo más adecuado es no infiltrar.

Cuidar la piel a partir de los 40 años no significa perseguir un rostro inmóvil ni corregir cada cambio visible. Significa comprender cómo está evolucionando y actuar con criterio. La ecografía facial aplicada a la medicina estética representa precisamente ese cambio: pasar de una estética basada principalmente en lo que vemos a otra más precisa, anatómica y personalizada.